Sólo una moneda. (02/02/2011)

Recorrió los cortos pasos que lo separaban de la entrada de su negocio.
Saludo a su empleada al atravesar el límite que lo separaba de lo público, no sin antes recordarle que estaría de regreso a las seis.
Caminó hacia la esquina dirigiéndose hacia su destino, del cual no distaba mas de ocho cuadras… A lo sumo nueve.
Cruzó en diagonal siempre siguiendo hacia el sur, doblo en la esquina en la que el joven de siempre vendía las mismas noticias de todos los días plasmadas en un triste papel reciclado.
Ya por la mitad de la cuarta cuadra caminada se paró en seco y giró a su izquierda…
Juraba que eso no estaba ahí antes. Si bien la ciudad era relativamente nueva para él, era como la quinta vez que pasaba por ese lugar. Pero nunca había reparado en eso…
Ante él, una imponente copia en miniatura de la Fontana di Trevi. La miró con detenimiento y recordó su viaje a Italia el invierno pasado…
<¡La fuente de los deseos!> Pensó mientras sonreía aun un poco aturdido por su descubrimiento.
Metió su mano en el bolsillo, no llaves, no billetera, no documentos. Todo estaba en su mochila.
En ese momento, el nudillo del dedo anular de su mano derecha chocó contra algo en una de las vueltas por revisar.
Si, era una moneda.
La tomó con fuerzas pero, antes de sacarla, sintió como el tiempo se frenaba… Como el mundo se detenía.
Intentó, sin conseguirlo, recordar en qué momento esa moneda había ido a parar al bolsillo de su pantalón de corderoy ya desgastado por los años de uso.
Estaba frente a una réplica en miniatura de la gran fuente en la que millones de personas dejaban una moneda pidiendo un deseo… Y él tenía ese deseo queriendo hacerse realidad hace años ya.
Casi decidido empuñó la moneda y la sacó de su bolsillo.
La miró.
Su valor era, en aquel momento, verdaderamente irrelevante.
Al mirarla recordó como en su infancia le había ayudado a tomar algunas decisiones importantes una moneda de cobre vieja que su abuelo le había obsequiado.
<Cosas importantes> Recordó mientras dejó escapar una sonrisa. <Decirle a una chica si me gustaba o no, que gusto de helado pedir, ver al correcaminos o a Tom persiguiendo a Jerry…>.
Pensó también en la decisión que desde hace unos meses venía tratando de tomar.
Su mano derecha se cerró en forma de puño, se puso vertical y colocó la moneda en la cavidad que se formó, justo sobre la uña de su dedo pulgar.
Antes de realizar el movimiento típico respiró profundamente.
¿Podía jugarse algo tan importante a “cara o seca”?
No, claramente.
Pero aún así la idea de saber qué es lo que la suerte quería que el haga le martillaba dentro de su cabeza, debajo de esa gorra gastada de los Bulls, debajo de sus ahora escasos rizos rubios.
Además, estaba ahí, frente a la fuente… Tenía un deseo para pedir.
Era sólo una moneda.
No podía pedir un deseo y además tomar una decisión con la misma moneda.
La calle estaba solitaria, nada raro para ser las tres de la tarde.
El ruido del mar, dos cuadras mas al sur, era lo único que llegaba a sus oídos.
Por lo demás, la calma.
Era lo que buscaba. Había huido del ruido de una ciudad frenética hace ya un año y medio, para venirse a vivir a esta tranquila ciudad costera, al norte del país. Sin familia, no fue un problema la despedida.
Seguía parado allí, frente a la fuente. Esperando.
Su mente se debatía entre pedir el deseo o tomar la decisión.
Dos casas mas adelante en el camino que debía recorrer, un niño jugaba con una pelota hecha de medias, la hacía rebotar contra el paredón de la panadería mas grande del pueblo.
A el le gustaban las pastafloras de ese lugar.
Por lo demás. La calle estaba solitaria.
Nunca se había sentido tan estúpido como en aquel momento.
Parado, solo, con una moneda en la mano, mirando correr el agua.
Agradeció que no hubiera mas nadie en esa calle.
Metió nuevamente la moneda en su puño, se dio cuenta de que las decisiones deben ser tomadas por uno mismo, que no importa el tiempo que lleve para esclarecer la cabeza. La suerte es para los principiantes y los enfermos.
Era lo mas autentico que esa decisión importante que debía tomar,  precisamente, la tomara el.
Y sino en fin… ¿Para qué tenemos cabeza?
Su mano tomo envión y fue hacia adelante.
Pero en el momento que debía abrirse para soltar el pequeño proyectil, la mano permaneció cerrada.
No era que aún no había pedido su deseo. Lo tenía bien en la mente. Desde que se levantaba a las seis de la mañana, se daba la ducha despabiladora, abría el negocio, mas tarde comía, mientras realizaba su rutina diaria, hasta volver a acostarse. Todo el tiempo el deseo estaba en su mente.
Lo que lo frenó fue la duda.
¿Puede una fuente regalarle, a cambio de una simple chapita, lo que había soñado todos estos años?
Esa pregunta era mucho mas difícil que la anterior.
Pero luego de un rato divagando entre aguas, deseos, monedas y pasados se dio cuenta de que la respuesta era la misma: No, claramente.
Puso la mano frente de sí y sostuvo la moneda con el índice y el pulgar. <No pienses mal de mi… Aún no estoy tan loco.> Pensó inmediatamente antes de preguntarse como quería que no le crean loco si estaba hablándole a una moneda.
La observo de ambos lados mientras giraba y seguía su recorrido.
Pasó por al lado del niño y acarició su cabeza sonriendo.
El niño lo saludó, el no lo reconocía pero era obvio que el pequeño si.
Al llegar a la esquina se detuvo y entro en el típico quiosco casero, de esos que abundan en todos los pueblos.
Miró la moneda por última vez mientras pensaba <¡Menuda historia para contar la de hoy! Me pregunto cuantas mas habrás vivido…>
Era sólo una moneda.
Pago la bolsa de caramelos, de esos que el comía de chico, y se fue, dejándole al quiosquero el cobre que no había utilizado para mas de lo que se había creado.
Regresó y vio que el niño, ya cansado de corretear, se había sentado en el cordón de la vereda.
El le regalo los caramelos y, luego de recibir las gracias del niño, dio media vuelta y siguió por su camino…
Un viento frio se levanto proveniente del mar… Parecía que se venía tormenta.
Ya se había demorado, no quería llegar tarde ni que alguna de esas típicas sudestadas de invierno lo sorprendiera antes de estar a cubierto.
Se fue recordando la sonrisa de agradecimiento del niño.
La moneda de verdad sirvió para algo importante.
Su deseo y su decisión podían esperar. Hoy por hoy esa sonrisa valía mas. Lo reconfortó y lo conectó con su niño interior, al que creía olvidado.
Total ya había malgastado varias monedas en la verdadera Fontana di Trevi en deseos que nunca se cumplieron… La verdad, ya dudaba de si eso podía ser real. <Tal vez es solo una mentira con mucho marketing> Se dijo a si mismo mientras entraba al lugar donde ya lo esperaban hace media hora. Eran las cuatro menos cuarto y ya se había empezado a hablar del tema.
Se sacó el abrigo, pidió un trago y se sentó cómodo, mientras recordaba la sonrisa del niño agradecido.

El niño sonrió al recibir los caramelos, le dio las gracias al señor de la tienda en la que su madre siempre compraba, y lo vio alejarse por la calle en esa fresca tarde de invierno.
Se dio vuelta y miró hacia la fuente.
<¡Vaya, de verdad funciona!> Pensó. Y con tres caramelos en la boca siguió pateando su humilde pelota de trapo contra el paredón, soñando que le clavaba un gol al ángulo a la selección del país vecino.
En medio del grito de gol su cabeza le dijo a si mismo <Y sólo por una moneda…>

MdO.

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